Dolor

Llevaba ya un tiempo queriendo escribir algo en el Blog, pero siempre se me iba la «inspiración». Además, me dio la sensación de que mis otros posts fueron un tanto pretenciosos. No sé. Todavía tengo que pillarle el punto a esto del blog.

El caso es que estaba meditando de mala manera (ya sabéis, poca concentración, muchos pensamientos y poca observación de los pensamientos) y, cuando llevaba unos 45 minutos, he comenzado a inquietarme. Sabéis que suelo sentarme una hora, y siempre paso esos últimos 15 minutos más o menos tenso, queriendo levantarme, mirando el reloj muchas veces, etc.

Siempre asumí que se debía a mi impaciencia (que también) y a que soy inquieto y no aguanto mucho sentado y sin hacer nada. Pero es otra cosa. Leña, es que duele.

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Meditación en la muerte. Una experiencia desde el Budismo Tibetano.

Llevo ya tres meses estudiando formalmente el budismo tibetano, actualmente es mi segundo curso. En las semanas anteriores tuvimos dos sesiones sobre el tema de ‘Muerte y Renacimiento’, y sin dejar de lado algunos elementos teóricos, realizamos tres prácticas meditativas diferentes, de las cuales hablaré en esta entrada. 

 

I. Meditación en la muerte como realidad

Fundamentada en la práctica de la meditación analítica, el objetivo era tomar conciencia de que, sin duda alguna, podemos  morir en cualquier momento… incluso tras cerrar los ojos y caer como rocas sobre la almohada (bueno, si alguno queda como una pluma, también aplica… y obviamente los casos intermedios). De alguna manera más o menos consciente interiorizamos el tema que este cuerpo no tiene garantizado ni la forma.. pero ¿actuamos en consecuencia? Y no me estoy refiriendo a volvernos ermitaños y espera que nos llegue «el momento», sino a esos planes maravillosos y apegos que cultivamos y disfrazamos, así como tampoco sugiero la idea de «vivir al día» en el que algunos pierden una que otra noción de su diccionario personal.

En tal dirección cuestioné un poco mi actitud frente a diversas situaciones y mi reacción ante las mismas. Uno que otro apego a la forma y ver qué tan lejos puedo llegar mi concepción del «deber ser». En ese momento no pensé en algo que seis días tendría la oportunidad de corroborar: nada te asegura que te puedes morir de la manera en la que menos piensas. En algún sentido, lo que ha sido de mi vida hasta el momento me permite entender que el cuerpo es frágil, pero veía algunas situaciones como lejanas o poco probables… y es que cualquier cosa puede suceder, todo tiene una probabilidad de suceder y muchas causas que aumentan esa probabilidad… ¿qué es lo que tenemos seguro? ¿En qué roca nos gravaron nuestras posesiones?

 

II. Meditación con visualización (1): «Has muerto»

Primero he de confesar que comprobé que no tengo la habilidad de visualizar.

En consecuencia, esta meditación guiada me costó demasiado, me puse muy tensa porque no podía seguirle el ritmo de la meditación desde que comenzó a decir «Imaginen que…». Huelga decir que tampoco hallé una forma de seguir la meditación, seguía intentando tener una imagen clara de algo que decía. Por tanto, terminé agotada.

Hubiese sido interesante que la hubiera podido realizar, por no decir beneficiosa.

 

III. Meditación tipo Powa

De acuerdo con la confesión anterior, en esta no hubo mejoría (cabe notar al respecto, que no hice meditaciones similares al respecto en el período intermedio a las sesiones). Pero si estaba interesada en conocer algunos detalles del tema en cuestión. Esta vez no resulté cansada ( 🙂 ), de hecho, la meditación tuvo algunos resultados interesantes aunque las visualizaciones no las tenía totalemte claras/definidas (pero estas eran más sencillas que las de la sesión anterior, al menos para mi). Aunque, por lo menos ya la conozco (sólo en fundamento reducido) y tengo material para profundizar un poco sobre el tema, no sobre la meditación.

 

Finalmente, entre mas estudio el budismo tibetano más me gusta el budismo theravada jijiji.

¿Cómo hacer un cojín de meditación (tipo Zafu)?

MATERIALES

  • Tela sugerida para la cubierta: Un material robusto como una mezcla de algodón poliéster. (Preferiblemente de color negro)
  • Relleno sugerido: Kapok.

 

PIEZAS BÁSICAS

  1. Paño con una longitud de 220 cms de largo, y de 17 cms de ancho (añadir 1 cm para la costura).
  2. Dos círculos de tela, cada una con un diámetro de 30 centímetros.

Ahora viene la parte difícil, hacer los pliegues al rectángulo. Deben ser 20-21 cuando termine de plegar. Es importante que se concentre cuando esté plegando la tela y trate de ser lo más preciso posible, en sus pliegues. Ahora tome la pieza rectangular de tela y colóquela sobre el puesto de trabajo, planche la tela si es necesario. Para hacer los pliegues un poco más fácil u más precisos mida 10 cm desde el borde corto de la tela, y haga una marca. Mida 4 cm desde esta marca, y haga una nueva marca. Mida 5 cm desde esta marca y haga una nueva. Mida 4 cm… 5 cm… y repita las marcas, como lo muestra el esquema de acuerdo con el programa, hasta que obtenga bastantes marcas para 20-21 pliegues.

Cada uno de los dos bordes de la tela rectangular larga debe ser plegado tres dobles veces, pero no deberían ser cosidos juntos. Deben superponerse el uno al otro de 6-7 cm, cuando la tela rectangular se cosa con los dos círculos. Cosa los dos lados de la tela rectangular, y quite las agujas.
Tome uno de los círculos y use agujas para sujetarlo a la tela. Sujete el círculo al paño rectangular cosiendo alrededor del círculo al menos tres veces y luego repita el mismo procedimiento con el otro círculo. Cuando lo haya hecho, debería tener un zafu que está volteado al revés.Debe haber un hueco a un lado del cojín (donde los bordes rectangulares se sobreponen el uno al otro), use este hueco para rellenar el zafu con kapok. Si no tiene kapok, use alguna otra fibra para llenar el zafu. Rellene bien el zafu, puesto que es importante que el cojín no sea ablande mucho cuando practique zazen.

 

Traducido de: http://www.enabling.org/ia/vipassana/Archive/Z/zafuSewingInstructions.html

Retiro

¡Vaya, hace ya tiempo que no escribo en este blog!

Como Upasika, yo también acabo de terminar mi retiro. Hace como unas 4 horas. Acabo de encender el ordenador, chequear mi correo, comerme un asado de pollo con patatas y un vasico de vino. Faltan dos horas para el año nuevo, estoy solo en casa y en silencio.

He estado 9 días de retiro en casa. Como los vecinos tienen la mala costumbre de entrar en las casas (aunque ya les estoy enseñando), puse un cartel en la puerta diciendo que no quería que se me molestase. No he salido de casa en todo este tiempo, tan solo un par de veces al jardín a echar un poco de pan a los pájaros.

Mi retiro, al contrario que el de Upasika, no ha sido para nada estructurado. Ese era el plan, ver cómo se integraba la meditación en el día a día, sin relojes ni horarios. Al final meditaba entre 9 y 10 horas diarias levantándome cuando la presión en las piernas empezaba a ofuscar mi concentración y haciendo meditación caminando, estiramientos, etc. Así que yo no tenía que lidiar con el problema del dolor de piernas. No que no haya tenido, sino que no he tenido que luchar con él. Sí que he tenido que lidiar con las fantasías de todo tipo que venían a mi mente y con las irregularidades de sueño y comida.

Dije también que no iba a leer ni a escribir en este retiro. Bien, no escribí (tan solo llevaba un registro de cuándo me sentaba y cuando hacía pausa, para no engañarme) pero he leído un montón (Upasika tenía sus charlas…).

Lo más valioso de todo ha sido el silencio y la soledad. Todavía laten en mí (bueno, todavía estoy solo, je). Era curioso estar en casa y no hacer esas cosas que normalmente se hacen cuando se está en casa: escuchar música o encender el ordenador o ver la tele después de comer… Este retiro es una buena prueba de que se puede romper con los hábitos ahí donde uno esté.

Y bueno, también he estado planteándome cuál era la relación que tengo y que voy a tener en el futuro con el budismo y el budismo theravada. Cómo dije al principio, era a posta que el retiro fuera no estructurado. Esto también va por la práctica y la teoría: para empezar no había teoría (por eso lo de los libros); la práctica giraba todo el rato alrededor de la respiración, las sensaciones en el cuerpo, la atención y el abandono. A veces tenía un deje a Thanissaro, a veces a Chan (Zen), a veces a Dao (Tao) y por fin a nada: inhalación, sensación, exhalación, sensación, abandono, pajaritos, ardillitas, árboles blancos de escarcha, el día haciendose léntamente y yéndose lentamente, inhalación, exhalación, silencio, completo vacío…

Y es así como mejor he estado. 

Creo que estoy muy cansado de discutir las enseñanzas, incluso de estudiarlas, de ver qué dice aquí, qué dice allá, qué se quiere decir con esto, es samatha o vipassana o jhana o anatta, o el bhikkhu este o el bhikkhu aquél, la lista esta o la lista aquella…

…sentarse a respirar en paz.

Tal vez así entendamos mejor qué significa anatta… en cualquier caso estaremos mucho más cerca de entendernos a nosotros mismos, en lugar de coleccionar bhikkhus, que es de lo que se trata.

Volviendo al retiro, podría haber seguido así el resto de mi vida.

Buen año.

Mi primer retiro

Desde que comencé la práctica de la meditación esta era la primera vez asistí a un retiro de meditación con todas las formalidades del mismo. He de reconocer que tenía muuuchas ganas de poder asistir este año, algo que meses atrás parecía no tener cabida en mi agenda planificada.

Poco antes de irme hablé con un monje amigo mío que, al residir en la actualidad en Myanmar, conoce a la perfección las reglas y la dinámica del mismo (de hecho, hacía pocas semanas había regresado de uno en un monasterio cerca a Yangoon). Pero contra cualquier expectativa que pudiese albergar en cuanto a sus palabras al respecto del retiro, lo único que pronunció fue «lo vas disfrutar, confío en que lo aprovecharás… y hablaremos a tu regreso».

Los primeros días 

Una vez fuimos instalados en las habitaciones, se dio comienzo con una charla administrativa junto a la primera noticia: no íbamos a hablar con compañero alguno durante el retiro. He de reconocer que la idea me pareció fantástica, mientras otros respiraron profundamente a mi se me salió una sonrisa. Luego, la explicación sobre las comidas, el horario y otras reglas; una vez terminó, fui por mi cojín de meditación y su correspondiente tapete porque tendríamos nuestra primera meditación antes de ir a la cama.

El primer día fue bastante interesante, porque a falta de ruido externo tenía uno interior al que no sabía cómo ponerle silencio, como solía decir un maestro al que frecuentaba «tenés la loca interior alborotada», pasé medio día sin lograr callarla, por lo que ignorarla y trabajar sobre la meditación fue mi mejor opción… poco a poco se iba silenciando, se quedaba sin qué decir, medir, analizar, planear, etc., etc., etc. Fue interesante «escucharme» (y de paso, «ignorarme»), ¿cómo es que uno no se enloquece teniendo esa voz interior que de rato en rato parece pensar por sí misma? Ala, que de esa forma la palabra «paz» sale del diccionario. Finalmente, el primer día cierra con una charla y un dolor de piernas mayúsculo… fueron 10 horas de meditación a las que no estaba acostumbrada.

Los siguientes dos días mejoraron en el campo de la meditación, comencé a concentrarme con mayor facilidad permitiéndome llevar el ritmo de las instrucciones… y una que otra vez hacia trampa con la postura, intenté cuatro posturas diferentes y ninguna la toleraba más de 30 minutos (ni siquiera lograba acomodarme como lo hacía en casa y me permitía estar sentada todo el tiempo que quisiera).

Practicando Vipassana

Para el cuarto día comenzamos formalmente con vipassana (que duraría por el resto del retiro) y ahora teníamos 14 horas diarias de meditación, y después de la instrucción recordé cierta conversación con Pablo al respecto, tuve que hallarme dentro de la técnica con la mayor disposición posible y dejando de lado «el archivo histórico» de las meditaciones interiores. Para ese día ya se había tocado el tema cuán dolorosa es la postura y cuán inquieto puede llegar a ser uno, y tras el comentario sobre lo importante que es la misma y lo impermanente que es el dolor, la única afirmación que surgió en mi cabeza fue «fíjate ya casi llegas al punto en el que no te pueden doler más, así que no noo no te muevas»… primer resultado: llegué a la celda arrastrando los pies jajaja, hacía mucho tiempo que no tenía semejante dolor. Segundo resultado: no dormí la mitad de la noche, no por la postura sino por la meditación, según había entendido en algunos ese es un «efecto secundario», el resto de la noche no estuve dormida, pero tampoco despierta así como en las horas de descanso de ese día y en las siguientes noches.

Para el siguiente día ya iba por el segundo «efecto secundario»: no tenía hambre. Esta vez no podía arriesgarme con el tema de la alimentación, tenía que comer y no había discusión (una de las reglas era no ayunar e ingerir alimento en el almuerzo)… estuve tres días así antes de que regresara temporalmente el apetito, que sumado a no dormir más de 4 horas me daban más horas para meditar.

El séptimo día.. inolvidable

El séptimo día fue bastante difícil, perdí la concentración y comencé a preocuparme aunque las advertencias al respecto debían ir por la número 20, al menos. Después de pasar 50 minutos por el tema, pasé la siguiente hora y media de meditación en Anapana. Si fue correcto o incorrecto no lo sé, pero incorrecta la preocupación desapareció. Por la tarde, decidí ir a meditar en mi celda (prefería estar en la sala de meditación) y me llevé un susto que supo sacarme de la meditación hasta que se nos permitiera regresar a la sala de meditación; más tarde, al comentar con el maestro sobre el episodio en cuestión tras una sonrisa contestó «que no se te olvide respirar»… casi un minuto después me dio risa, es que a veces se «me olvida» respirar (:D) y ya se podrán imaginar que sucede, pero el maestro también se refería a que volviera a la respiración si tenía alguna dificultad en vez de interrumpir la meditación.

«Observa el dolor»… esa fue mi tarea por lo que quedó del séptimo día. La escasa concentración de ese día fueron obvias con el dolor que me aquejaba, varios minutos me costó controlar la angustia que me producía la sensación, luego el observarla parecía que amplificaba el dolor pero eludirla no aminoraba el dolor. Casualmente ese día se nos volvió a hablar sobre la incomodidad que produce la postura y el hecho de que tal dolor desaparecía si lográbamos que fuera mental (bueno, si viéramos que era mental), pero eso no lo logré, me dolía y no había nada que pudiera hacer para aliviar el dolor.

Practicando la atención a la hora de comer… 

Esto fue la novedad del cuarto día; bueno, no era solo para comer, pero si practicaba la atención a la hora de la ducha a las 3:45 iba a tener una larga fila de fans en la puerta de la ducha (lol). Volviendo a la comida, fue extraño volver a hacerlo y leeeeeento, afortunadamente no tenía mucho p0r comer :D. La primera comida sólo fue lenta,  y me dejó 30 minutos menos de descanso. Ya para el segundo día comenzó a cambia mi actitud hacia la comida y la práctica comenzó a traer frutos facilitándome también algunas focalizaciones de la atención que debíamos practicar sobre los órganos internos que me traían de los pelos. Ahora hasta el té de la merienda sabía diferente, bueno no era el té sino la sensación que producía beberlo lo que era ‘diferente’ y ya no necesitaba 3 tazas para calmar el frío descomunal que nos acompañó cuatro días.

Los últimos días 

Para los días restantes ya teníamos casi 16 horas de meditación programadas y se dió una nueva instrucción. Este nuevo «ejercicio» me costó más trabajo, al punto de que no creí que estuviera haciendo bien lo que se nos pedía y la duda es mala compañía. Tres veces más fueron repetidas las indicaciones y lo único claro tras disipar el «tal vez no entendí la instrucción» fue «nada de objetivos», no había por qué arruinar el trabajo.

El último día de estancia no me resultaba del todo «emocionante», básicamente se nos permitía hablar y llegado el momento de «la libertad de palabra» no moví un sólo músculo para sumarme a la alegría de muchos, sencillamente no quería hablar, no conocía a nadie y tampoco me hallaba dispuesta a socializar, yo a eso no iba; por tanto, pasé la siguientes hora en la sala de meditación intentando ignorar el ruido externo… pero como tal actitud no es eterna, a la hora del almuerzo me provocaba tener un letrero que dijera «no me hable, gracias», pero eso tampoco se podía así que alguien intentó sobrellevar una conversación conmigo (y yo que me había sentado estratégicamente en una esquina….) y lo único que obtuvo ante su pregunta «¿cómo te has sentido?» fue un sencillo y seco «bien», porque ni a la cara miré a aquella persona ni al resto de la mesa.

El resto de la tarde tuvimos 4 horas de meditación nada más y las otras 3 o 4 horas fueron para socializar. Realmente me estaba costando montones el tema de «personas + conversación», alguien que sabía mi nombre (¿?) comenzó a hacerme preguntas y a mi me sudaban las manos de sólo ver como había gente que se acercaba a oir la conversación de cuando en cuando y de ver que seguían las preguntas… en media hora, habían unas 12 personas sentadas en un cuadrado de no más de metro y medio y a mi se me iba a salir el corazón, con un poco de vergüenza tuve que pedirle a algunos que disminuyeran su tono de voz y buscaba una manera de cortés de escabullirme y retirarme a mi habitación… ni modo, no podía hacer que se callaran hasta la hora de la meditación en la sala. Llegó el té de la tarde y luego las últimas dos horas de meditación, hasta que saliendo para mi habitación alguien quería conversar! «Respira, reeespira, reeeespira», ya se «normalizaba» la situación.

Cerré el retiro complacida con la estancia en el centro, la dirección que tomó mi práctica y con las indicaciones del maestro (especialmente con las finales). Las conversaciones diarias estuvieron de lujo, nos comentó varios Suttas (algunos conocidos) así como nos explicaba términos del «argot budista» desde su raíz hasta su  contexto en las escrituras, obviamente todos los días le escuchábamos hablar sobre la meditación. Volví al departamento en la ciudad y entre festividades, bocinas y multitudes, encuentro un poco de paz y tranquilidad y me asiento en una nueva perspectiva.

Conversación con un monje de Wat Pah Nanachat

Sala de meditación

Supongo que leyendo las entradas de este blog sobre Wat Pah Nanachat habréis pensado que posiblemente lo más interesante de visitar el monasterio sería hablar con un monje.

Eso mismo pensé yo. El único problema es que llegué a Wat Pah Nanachat justo cuando los monjes habían acabado de comer. Vi a dos novicios: uno fue el que me dijo las zonas que podía visitar (si recordáis el mapa del monasterio se veía que Wat Pah Nanachat es bastante grande). También me dijo si quería fotografiar la casa de los laicos que lo hiciera desde el camino que llevaba de la entrada a una sala de meditación que hay apartada.

 

Sala de meditación

 

Allí me dirigí, y tuve mucha suerte de ver a un monje. Él parecía eludirme, pero me acerqué a él para preguntarle por el feto que había en una vitrina. Os muestro las fotos (pulsar en ellas para ampliarlas).

 

Vitrina

 

 

 

 

 

De esta forma comenzamos a hablar, por supuesto en inglés, pero al preguntarme de donde era y decirle que español resultó que él era alemán, pero su madre era española, y él hablaba español. ¡Eso sí que fue tener suerte: estar en Tailandia, en Wat Pah Nanachat , encontrar sólo un monje y encima que hable español!

Así que estuvimos conversando un rato. Se llamaba José Manuel.

Le pregunté por los monjes y me dijo que acababan de comer y que estaban meditando. A él le costaba meditar después de comer.

Me contó que en Wat Pah Nanachat eran unas 40 personas, entre laicos, novicios y monjes. En Wat Pah Nanachat hay hombres y mujeres. Si una persona quiere ordenarse monje debe estar seis meses como laico. Si la shanga le acepta, pasa a ser novicio, visten de blanco, y después de un año de novicio, si de nuevo la shanga lo acepta, es ordenado monje. Tras ordenarse monje, se tiene profesor durante cinco años. Este profesor puede decidir enviarte a otro monasterio. Me contó que ahora hay pocos iluminados («enlighteneds», me dijo) y que la forma de aprender del profesor era distinto a como se hacía antes.

En la web de Wat Pah Nanachat dicen que si se quiere ir a estar unos días o más tiempo debe escribirse una carta y enviarla con antelación (de hecho yo la envié, pero nunca recibí contestación). El monje me dijo que realmente no era necesario, que llegabas al monasterio y te quedabas. Me dijo que normalmente aceptaban a todo el que quisiese ser novicio y después monje, aunque también me dijo que se habían dado casos de personas, sobre todo occidentales,  que se ponían muy nerviosas e incluso agresivas.

 

 

Monje

 

 

Me dijo que allí lo mejor era dejarse llevar y aceptar las cosas tal como son. En su opinión, los occidentales estamos acostumbrados a perseguir objetivos, a vivir siempre persiguiéndolos, y que allí eso no funcionaba. En referente a este tema de dejarse llevar, me contó que ellos se inclinaban ante la estatua de Buda, pero que hay mucha gente que diría que eso no es budismo.

En la próxima entrega del blog os seguiré contando la conversación.

Primera verdad: sufrimiento

Ésta, oh monjes, es la Noble Verdad del Sufrimiento. El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento, asociarse con lo indeseable es sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener lo deseado es sufrimiento. En breve, los cinco agregados de la adherencia son sufrimiento.

Ayer, cuando iba al cine con mis amigos, me crucé con un grupo de chavales que estaban rodeando a otro que estaba tumbado en el suelo. Al principio, pensé que sería otro chico más que se había pasado bebiendo, que sus colegas estaban llamando a la ambulancia, y que pronto vendrían a llevárselo. Es decir, nada fuera de lo normal. Pero pronto vimos un reguero de sangre en el suelo, y a un chico cogiéndose el brazo, que sangraba, mientras gritaba: «¡Le voy a matar!¡Déjame que le mate!», mientras un amigo suyo intentaba tranquilizarle. Bien, pensé, este chico y el que estaba en el suelo se han pegado, y ahora está todo bajo control, mientras esperan a la ambulancia o la policía.

 

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Los carteles en los árboles de Wat Pah Nanachat

Cartel

 

Por todo Wat Pah Nanachat se pueden ver carteles en los árboles. Estos carteles sirven de recordatorio de las enseñanzas, y en mi opinión, también para que el monje y los laicos estén atentos. Al ver los carteles uno se pregunta a sí mismo si está atento, y si no lo está se esfuerza.

Muchos son de madera y casi todos tienen letras de distinto tamaño, para así recalcar las palabras.

Os muestro algunos que me llamaron la atención. Están en inglés. Si mi traducción no es correcta decídmelo. Pulsad en las fotos para ampliarlas.

 

Cartel

 

Si tienes tiempo para respirar tienes tiempo para meditar. Ajahn Chah.

 

Cartel 

 

No nos hacemos monjes para comer bien, dormir bien y estar cómodos, sino para conocer el sufrimiento y cómo no causarlo. Ajahn Chah.

 

Cartel 

 

De los senderos, el Óctuple Sendero es el mejor. De las verdades, las Cuatro Nobles Verdades. El desapego es el mejor de los estados mentales y de los hombres, el hombre de visión clara.

Dhammapada, 273

Visita a Wat Pah Nanachat V

Pirámide de cristal

 

Siguiendo con la visita a Visita a Wat Pah Nanachat y habiendo visto ya la cocina-comedor y la sala de meditación grande, toca el turno de ver la pirámide de cristal.

Este edificio también se ve desde la rotonda de entrada y llama la atención. No es muy grande, pero es realmente bello. Está formada por mármol, cristal, etc… como podéis ver en la foto. Fijaros en la rueda del Dhamma que hay en la entrada. Los carteles que se ven también en la entrada son para recordar que hay que quitarse los zapatos para entrar. Pulsad las fotos para ampliarlas.

  

Pirámide de cristal 

 

La pirámide es también una sala de meditación, aunque mucho más pequeña que la que os enseñé en la entrada anterior del blog. En la pirámide de cristal hay también un altar. Como veis en la foto en el mismo hay una imagen de Buda y a ambos lados retratos de venerables maestros de la tradición del bosque: a vuestra izquierda Phra Ajahn Mun Bhuridatto y a vuestra derecha Ajahn Chah.

 

Altar 

 

La pirámide tiene una parte cubierta y otra descubierta, como se ve en la foto

 

Pirámide de cristal 

 

Espero que os haya gustado este edificio tanto como a mí.

 

Visita a Wat Pah Nanachat IV

Exterior de la sala de meditación

 

Hoy os voy a mostrar una de las dos salas de meditación que se observan desde la rotonda de entrada de Wat Pah Nanachat. Os voy a mostrar la sala grande. Recordad que la otra sala es la pirámide de cristal, que es mucho más pequeña.

Os muestro primero una foto del exterior. Pulsad las fotos para ampliarlas.

 

Exterior de la sala de meditación

 

Ahora una del interior. Como podéis ver la sala de meditación es bastante grande. Está llena de ventiladores.  Hay cuadros de Ajahn Chah y también aquí está el plano del monasterio, que ya os mostré en entradas anteriores, así como las labores a realizar por cada uno de los laicos que viven en el monasterio.

 

Interior de la sala de meditación 

 

Al fondo de la sala se pueden apreciar varias imágenes de Buda y a vuestra izquierda una imagen de Ajahn Chah.

 

Ampliación del altar:

 

Altar con varias figuras

 

Os muestro la imagen de Ajahn Chah en la siguiente foto:

 

Imagen de Ajahn Chah