Visita a Wat Pah Nanachat III

Carteles en la cocina

 

Hoy voy a daros más detalles de la cocina-comedor de Wat Pah Nanachat ya que quiero que veáis algunas cosas que me parecieron interesantes.

En la entrada a la cocina se pueden ver dos carteles con fotos e historia de Wat Pah Nanachat. En estos dos carteles se cuenta de forma resumida la historia el budismo, el estilo de vida monástica, el budismo Theravada y la tradición del bosque etc.

Pulsa en las fotos para ampliarlas.

 

Carteles en la cocina 

 

Podéis ver estos carteles, aunque en formato abreviado, en:

http://www.forestsangha.org/com/InfoFlyerWPN.PDF

 

Al entrar en la cocina me encontré con otro panel-cartel. Este sí que me llamó la atención y estuve un buen rato mirando las fotos.  Es un mapa del mundo con todos los monasterios que pertenecen a la tradición de Ajahn Chah.

 

Mapa del mundo monasterios.

 

El listado está accesible en http://www.watnongpahpong.org/sakhananae.php pero el cartel con el mapa del mundo y las localizaciones de los monasterios con sus maestros es impresionante.

¡Ojalá dentro de poco tiempo aparezca en ese mapa un monasterio en España!

 

También hay otro cartel donde se indica cómo deben comportarse los laicos en Wat Pah Nanachat

 

 Comportamiento esperado de los laicos

 

Por último, una foto de las recomendaciones que se hacen a las personas que llegan a Wat Pah Nanachat. Pido disculpas por la calidad de alguna foto. Las repetí muchas veces pero no salieron bien.

 

Recomendaciones 

 

Visita a Wat Pah Nanachat (II)

Plano de Wat Pah Nanachat

 

Una vez pasada la señalización de Wat Pah Nanachat donde me hice la foto de la entrada anterior, se accede a una rotonda para que los coches puedan entrar y salir por el mismo camino.

Desde esa rotonda se puede ver a la derecha la cocina-comedor, al frente una sala de meditación y a la izquierda la pirámide de cristal, que es un edificio moderno y bonito y es también una sala de meditación, aunque pequeña. Entre la primera sala de meditación y la pirámide de cristal hay un camino, donde están situadas las cabañas de los laicos. Ese camino lleva a otra sala de meditación.

Cuando llegué al monasterio busqué alguien a quien preguntarle si podía visitar el monasterio, hacer fotos, etc. Por cierto, deciros que todas las fotos que voy a poner en este blog las he hecho yo y no están tomadas de ninguna web.

Encontré a un novicio y le pregunté. Muy amablemente me dijo que podía visitar los edificios que os he comentado pero que si hacía fotos de las cabañas de los laicos que las hiciera desde el camino.  Veréis en esta foto que hice del plano que Wat Pah Nanachat es bastante grande, por lo que yo no visité todo el monasterio. Todo lo que os voy a contar está en el «recuadro» que veis en la parte derecha de la foto. Pulsa la fotos para ampliarlas.

 

  Plano de Wat Pah Nanachat

 

Así que a eso me dediqué, a visitar estos edificios y a hacer fotos. Tuve la suerte de mantener  una conversación muy interesante con un monje, que me estuvo contando cosas relativas al funcionamiento del monasterio. Os lo contaré en próximas entregas del blog…

Os dejo a modo de introducción una foto de cada uno de los sitios. En próximas entradas os iré dando más detalles de cada uno de los edificios. Aunque no lo creáis en la cocina-comedor hay cosas que me llamaron la atención.

 

 Cocina

Foto de la cocina-comedor (vista desde atrás)

 

Sala de meditación 1

Sala de meditación 1 (hay varias salas de meditación)

 

Pirámide

Pirámide de cristal (es también una sala de meditación, aunque pequeña)

 

Visita a Wat Pah Nanachat (I)

Localización WatPahNanachat

Hola a todos!

Empiezo aquí mi crónica de la visita que hice en Octubre de 2008 a los monasterios de Wat Pah Nanachat y Wat Nong Pah Pong, ambos en Tailandia, en la provincia de Ubon Ratchathani, que está situada en el nordeste del país, a unos 600 km de Bangkok, siendo el límite de Tailandia con Laos y Camboya.

 

Localización WatPahNanachat

 

Wat Pah Nanachat es un monasterio Theravada de la tradición del bosque y fue fundado por el Venerable Ajahn Chah para dar la oportunidad de practicar el budismo a personas extranjeras. En este monasterio hay hombres y mujeres y son todos no tailandeses, siendo el inglés el idioma utilizado.

Wat Nong Pah Pong es otro monasterio fundado por Ajahn Chah. Se encuentra muy cerca de Wat Pah Nanachat. En teoría, este monasterio es para tailandeses, aunque en la práctica también hay extranjeros. En Wat Nong Pah Pong hay además un museo dedicado a Ajahn Chah y una estupa (chedi en tailandés) que contiene las cenizas de Ajahn Chah.

Todo esto os lo iré contando con fotos en próximas entregas. En algunas (pocas) fotos salgo yo, así que a partir de ahora ya podéis poner cara al administrador de Bosque Theravada. También os pido disculpas por si a alguno no le gusta que aparezca en las fotos la fecha y la hora en que se hicieron.  Pulsad las fotos para ampliarlas.

Para empezar os dejo una foto en la entrada de Wat Pah Nanachat. Realmente esto es justo al tomar el desvío de la carretera. Al seguir este camino se encuentra el monasterio a unos 500 metros aproximadamente.

 

 Entrada a WatPahNanachat

Como curiosidad deciros que cuando llegué a Tailandia, donde el 95% de la población es budista Theravada  y empecé a visitar templos (wat en tailandés, hay muchísimos), esperaba encontrarme por todos los sitios figuras o cuadros de Ajahn Chah, pero no fue así. Lo que sí que veréis en casi todos los templos es alguna estatua de otro monje. Creo que se trata de Luang Pu Tuad, pero no estoy seguro. Os dejo una foto por si alguien lo puede confirmar.

 

¿Luang Pu Tuad?

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Toc, toc, ¿hay alguien?

Esta mañana tenía miedo de que nadie me quisiese.

Ahora estoy tranquilo.

Ayer quería impresionar al amigo de una chica que me gusta.

Antes de ayer dudaba si salir con unos amigos o quedarme en casa a dormir.

Hace diez minutos pensaba que mi concentración era muy mala.

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En bici a oscuras (1)

La primera vez que me fui a casa en bici de noche era como si estuviera muerto.
En seguida cogí un buen ritmo. Mis piernas se quejaban pero pensaban de todas formas que era divertido. Podría haber ido en bici hasta el fin del mundo pero solo tenía que llegar a casa.
Estaba oscuro. No se veía nada, solo un poco por delante.
Sudaba. No podía parar.
Pedaleaba, flotaba, volaba, nadaba en la nada.
Y el viento que soplaba por todos lados: en las orejas, en el pelo, en los ojos, en el pecho, por dentro y por fuera. No había diferencia.

En cierto momento podría haber abandonado la bici y el mundo, podría haber dejado que mi cabeza explotara y se convirtiera en estrellas, llorarme y desaparecer en el fiordo o en la tierra, con los conejos, los ratones y los zorros.
Pero no era muy budista, pensé, desaparecer en éxtasis o entrar en un trance y bailar desnudo en los campos de trigo, con los ojos fuera de órbita y la mandíbula desencajada en una macabra sonrisa.

Así que seguí pedaleando, llegué a casa, saludé a las estrellas, me las tragué a todas de una vez, descanse mis temblorosas piernas, les di las gracias por el buen trabajo, hice míos el silencio y la oscuridad y me metí en casa.
Aparte del corazón tembloroso no se notaba nada.

Ecuanimidad (y II)

    El otro extremo de ese punto medio que denominamos «ecuanimidad» es la indiferencia.

     No sé si os ha pasado, pero siempre que hablo con mis amigos del desapego y de la salida del sufrimiento, todos preguntan: «Pero, ¿eso no es como no sentir nada?» Y yo les tengo que explicar la diferencia que hay entre indiferencia y ecuanimidad.

     Si uno es indiferente, como bien nos contó Ajahn Ariyasilo, todo le da igual, y si todo le da igual, no practica. ¿Para qué? ¡Si todo me da igual!  Aunque a primera vista parezca una cosa muy tonta, el límite entre ecuanimidad e indiferencia a veces parece más confuso de lo que realmente es.

     Aprovechando el tema, y ya que he sacado a colación al venerable Ariyasilo, os contaré una historia que oí de su boca cuando vino a Madrid, y que creo que ilustra muy bien qué es eso de la ecuanimidad:

«Esta historia tiene lugar en la antigua China, como hacen todas las buenas historias. Hace mucho tiempo, había en China un anciano granjero que tenía dos hijos. El mayor le ayudaba con la siembra y la cosecha, mientras que el pequeño era demasiado niño aún para poder ni siquiera levantar los aperos de labranza. Aquel año estaba a punto de comenzar la siembra, y el granjero decidió dejar que su hijo mayor asumiese todo el trabajo, para que aprendiese a ser más responsable. Para ayudarle, estaría su buen caballo, que le había acompañado durante muchos años y que era considerado como uno de los mejores caballos de la región.

 

Así, su hijo comenzó a sembrar, pero solo la mitad del terreno, como le había indicado su padre. Tras terminar la siembra, llevó al caballo a la cuadra, satisfecho de sí mismo. Tan satisfecho estaba, que se olvidó de asegurar el listón que cerraba la cuadra. El caballo se dio cuenta de esto, y tras levantar el listón con el morro, salió galopando hacia la colina más cercana.

 

Al día siguiente, después de que el granjero viese la cuadra vacía, se le acercó su vecino, y le habló: “Oh, ya veo que tu caballo escapó debido al descuido de tu hijo. Menuda mala suerte que tienes, ¿eh?”. Nuestro granjero sonrío y le respondió: “Bueno, ya veremos”.

 

El hijo mayor, arrepentido, le preguntó a su padre si quería que realizase el resto de la siembra por sí mismo para recompensarle. Su padre le sonrió, y le dijo que no se preocupase, y que se tomara ese día de descanso. Ya pensarían qué hacer al día siguiente.

 

Cuando el joven se despertó al día siguiente y fue hacia la cuadra, no pudo creer lo que vieron sus ojos: el caballo había vuelto, y no sólo eso, sino que además se había echado novia, una hermosa yegua que pacía a su lado. El vecino, al ver al granjero, le dijo: “Así que ahora tienes dos caballos, ¿no? ¡Hay que ver la suerte que tienes!” El granjero se limitó a sonreír y dijo: “Bueno, ya veremos”.

 

El hombre le dijo a su hijo que cogiese a la yegua y la domase, para que pudieran usarla durante la siembra y luego venderla, con lo que ganarían mucho dinero. El hijo obedeció y comenzó a guiar a la yegua de un lado a otro del campo, llevándola con una cuerda. Era bueno, y como lo era tanto, se confió. La yegua se dio cuenta de esto, y fingió ser más dócil, para que el chico creyese que ya la había domado. Seguro de sí mismo, y viendo que la yegua no mostraba resistencia, el joven se atrevió a montarla. La yegua aprovechó este momento para revolcarse y tirar al chico, que cayó al suelo rompiéndose el brazo, mientras veía cómo la yegua huía hacia las colinas. Su padre vio lo que pasó, y con la ayuda de su hijo pequeño, llevaron al chico a casa, donde le colocaron el hueso y se lo entablillaron.

 

El vecino se encontró con el granjero, y le dijo: “Ya me enteré de que tu hijo se rompió el brazo, y esa yegua tan hermosa huyó a las colinas. Me parece a mí que vas a tener que terminar la siembra tú, viejo amigo. Menuda mala suerte que tienes, ¿eh?”. Nuestro granjero volvió a sonreír y solo respondió: “Bueno, ya veremos”.

 

Al día siguiente, de madrugada, se oyeron unos tremendos golpes en la puerta de la familia. El granjero salió a abrir la puerta y vio a cuatro oficiales del ejército, que le dijeron: “¡Estamos en guerra con el país vecino! ¡Hemos oído que tienes dos hijos! ¡Venimos a reclutarlos!”. El granjero, sin inmutarse, les llevó a ver a su hijo más joven, que era más pequeño que los sables de los oficiales (“No nos sirve”, dijeron), y les enseñó a su otro hijo, que dormía plácidamente con un brazo roto. Los oficiales, decepcionados, salieron de la casa.

 

Más tarde, el granjero se encontró con su vecino, que estaba llorando. “Se los han llevado”, dijo, “a mis dos queridos hijos. Puede que no vuelva a verlos nunca más…¡Qué miserable soy!”. Le preguntó al granjero si a él también le habían visitado los oficiales. El granjero le explicó lo que había ocurrido. Su vecino respondió: “¡Hay que ver la suerte que tienes!”.

 

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A veces pican

Al principio siempre se escapaban.
O, peor, quedaban malheridos.
Porque dudaba, me preguntaba si estaba bien, les pedía disculpas antes de aplastarlos…

Luego aprendí a concentrarme y dejé de dudar.
Mi ojo y mi mano eran uno y, juntos, eran implacables.
No quedaba ni uno vivo.
Excepto cuando usaba mi «super-sensibilidad» de meditante.

Y es que uno puede aprender a concentrarse y realizar cualquier tarea sin segundos pensamientos: matar un mosquito, jugar al golf, fregar los platos, cortar una cabeza de un tajo…

Por eso no es solo meditar el trabajo. Hay un marco, un camino.
En realidad hay muchos pero yo sigo el camino que señaló el Buda, el que queda escrito en los suttas de la escuela theravada. Los demás no me interesan. Es bastante con uno.

Así que hay un conjunto de enseñanzas agrupadas en concentración, ética y discernimiento.

Yo procuro practicar las tres. Por eso, a veces, puedo meditar con un mosquito volando en mis narices (y, claro, luego me pica pero, como estoy en paz, no me afecta).

Ecuanimidad (I)

Entre hundirse en el lodo de la depresión y la total indiferencia, ¿qué queda? La ecuanimidad. Se nos llena la boca, ¿verdad? ECUANIMIDAD. Suena muy bien. Pero la mitad de las veces que pronuncio esta palabra, estoy pensando en realidad en indiferencia. Y la otra mitad, en implicarme demasiado. Complicado, esto del camino medio.

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Bailando con un mosquito.

Soy bueno para meditar.

Muy bueno.

Puedo meditar media hora, una hora, una hora y media.

Sentado, quieto, con la respiración, en paz con el cuerpo.

En paz con la mente.

Soy bueno.

Nada puede moverme.

 

Oh, escucho un mosquito.

Mis orejas vuelan detrás de él.

Pero me siento quieto, nada puede conmoverme.

¿Cuándo he abierto yo los ojos?

Bueno, se puede meditar también con los ojos abiertos.

Pero no se medita cuando se intenta encontrar un mosquito.

 

Si lo mato puedo seguir meditando en paz.

No, voy  a seguir meditando.

Soy bueno.

Me puedo concentrar tan bien.

Puedo alcanzar estados elevados de conciencia.

Supersensibilidad. Puedo por ejemplo notar que el mosquito está sobre mi cabeza.

Si puedo es porque medito.

Pero no lo voy a matar.

Estoy dispuesto a ofrecer mi sangre por la meditación.

 

¡Zas! Un golpe en la cabeza.

Ahora estás muerto, mosquito, y yo puedo meditar en paz.

 

Pero o mi supersensibilidad o mi supervelocidad no eran tan «super».

No encuentro ningún cadáver de mosquito en mi mano.

Y todavía lo oigo zumbar.

 

Jo, hay quien dice que si muchos meditan de una determinada manera se crea un escudo que puede proteger un país contra un ataque de misiles.

Yo no puedo ni protegerme contra un ataque de mosquitos.

 

Ay mosquito, ¿no quieres bailar conmigo? ¿No quieres sentarte a meditar conmigo?

 

Cierro un ojo y sigo meditando. Con el otro, vigilo.

 

Es muy serio esto de meditar. Muy serio.

Estoy en paz ahora. El cuerpo, relajado. La mente, tranquila.

 

Me levanto tranquilamente.

Cojo mi cojín que huele a pedo.

Enciendo la luz y miro a mi alrededor.

Un minuto después hay cuatro mosquitos muertos en mi cojín de meditar.

Mañana, cuando me levante a las cinco y cuarto, me sentaré sobre ellos.

 

Ojalá que renazcan como monjes en su próxima vida.